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"Habemus Papam"
ENTRE LA ALGARABÍA Y LA CAUTELA
Por Gabriela Pousa
Hay nuevo Papa. La noticia llegó con la inmediatez de la tecnología.
Las imágenes del humo claro escapando de la chimenea sirvieron
de contraste. A la velocidad del siglo XXI la detuvo por instantes, al
menos, un símbolo que va más allá de los tiempos:
el humo. El fuego. Quizá, el fuego deba entenderse hoy más
que nunca en todas sus dimensiones . Alumbra, es cierto. Pero puede dañar,
quemando. El fuego une. Esparce el calor. Convoca.

Y aquí comienzan a enredarse la algarabía de contar con
nuevo Pontífice en la Iglesia y en la vida, con aquella otra sensación
que paraliza. Posiblemente se trate de una deformación profesional,
de lo contrario no se explica que el temor gane su espacio en este escenario
donde debiera de caber sólo seguridad. Pero es que, sacando por
un segundo no más, la vista del televisor se advierte que vivimos
en la Argentina. Entonces, tal vez, el miedo se justifica.
A juzgar por los últimos acontecimientos relacionados al tema del
asesinato o del aborto, es factible sospechar que hay cierto aire anticlerical
en el país. En rigor, en algunos sectores con poder de la Argentina.
La generalización sino acarrea injusticia y fastidio.
De ese modo, y aunque en nada modifique la sensación que experimenta
el mundo católico -y me animo a extender al mundo todo con nimias
excepciones-, es dable esperar que surjan voces de malevolencia.
Desde que se han abandonado las tradiciones, desde que mantener los valores
esenciales de la humanidad se ha tornado tema de debate, el cambio dejó
de ser una herramienta sustancial para el progreso del hombre y pasó
a ser un slogan maniqueo que oculta tras de sí intereses espurios,
argucias políticas, objetivos confusos. Se ha coronado al cambio,
en su faz más turbia haciendo creer que todo debe trastocarse inexorablemente.
Aquello que no se modifica perece o mejor dicho es aniquilado aún
cuando la realidad muestra que, para que el mundo avance siempre hay y
habrá algo que no puede ser transformado.
Ahora bien, si aceptamos esta necesidad de mantener incólumes principios
y valores y pugnamos para que así suceda, no es de extrañar
que surjan etiquetas y rotulados peyorativos con la única finalidad
de cercenarnos.
No se trata, en verdad, sino de la dialéctica de grupos alineados
generalmente a la izquierda que precisan alterar, esencial y potencialmente,
todo el escenario y el andamiaje valorativo del ser humano para poder
instalarse. No tienen sino, espacio donde desplegar las banderas del odio
y la necedad.
Claro qué, si acaso consiguen su fin no poseen luego, qué
instaurar a cambio de lo que han diezmado. Carecen de lo fundamental:
estructura sólida donde el hombre pueda sujetarse cuando el mundo
se le vende alienado y el nihilismo aparece como doctrina junto al vacío
como leitmotiv de la vida.
Por eso, por esa siniestra corriente de terquedad que acecha en cada esquina
y que se ha afirmado en demasía en estos últimos años
en la Argentina, es que la alegría de un nuevo Papado se ve acompañada
de la cautela. El simplismo y la necesidad de mantener oprimido al pueblo
para hacer de él un instrumento servil tratarán de hacer
mella en la figura del Sumo Pontífice, Benedicto XVI.
Así, bastará su condición de alemán para que
esa izquierda malavenida intente situarlo en el marco del nazismo o bastará
su condena a la inmoralidad para que se lo tilde de puritano extremista.
Si acaso deja de lado los eufemismos se lo acusará de atentar contra
los falsos derechos humanos que proclaman el homicidio disfrazándolo
con otros vocablos.
Antes que esto suceda, será preciso que cada uno de nosotros tome
conciencia de que la fumata clara dando cuenta de la llegada del sucesor
de Juan Pablo II es mucho más que un anuncio. Es una alerta a la
fe, a la verdad, a la humanidad. Es la faz benévola del fuego que
busca la unidad.
Si se expanden las crónicas oscuras en los medios, si se hace del
histórico suceso un tema de polémica barata en mesas televisivas
tratando de separar y dividir aún más a la sociedad o presentando
la falsa dualidad ortodoxia vs. apertura -falsa porque hay cosas que no
pueden ni deben cambiar para que el mundo avance y se desarrolle justamente
-, pongamos un poco de sentido común y evitemos terminar comprando
quimeras destructivas y maléficas.
Imposible es impedir o frenar de otra forma la terquedad intencionada
de sectores que, para dominar, necesitan vaciar de humanidad al hombre.
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