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DE LA DENUNCIA : PROMUEVE QUERELLA Señor Juez: BRUNO BIMBI, por mi propio derecho, con domicilio real en Barrio Nuñez, torre 4 piso
7 departamento B, partido de Avellaneda, provincia de Buenos Aires; con el patrocinio
letrado del Dr. Mariano Eduardo Becerra,
(Tº 86 Fº 103 CPACF, CUIT 20-24114252-4, Caja Provisional Abogados Pcia. de Buenos
Aires, legajo 076726-6*03), constituyendo domicilio procesal en Teodoro García
2335, 2º, “A” Capital Federal, a V.S. me presento y respetuosamente digo:
I.
OBJETOQue en legal tiempo y forma vengo a promover querella
por el delito de extorsión (art. 168 del código Penal) contra la Senadora Nacional
DIANA BEATRIZ CONTI, con base en los hechos que seguidamente se exponen.
II. HECHOS
En el
mes de julio de 2004 comencé a trabajar como asesor legislativo y “Jefe de Prensa”
de la Senadora Nacional Dra. Diana Beatriz Conti. En
la primera entrevista que tuve con la Senadora en su despacho, me dio las indicaciones
acerca de las tareas que iba a desempeñar, y la remuneración que iba a percibir
por ello. De esta manera, me señaló específicamente que sería el Jefe de Prensa,
tarea para la cual debía concurrir dos veces a la semana, debiendo estar presente
siempre los días miércoles cuando se realizara la sesión del H. Senado de la Nación,
y algún otro día de la semana a convenir para confeccionar las gacetillas de prensa.
Me sugirió también la adquisición de un teléfono celular, a fin de estar accesible
en todo momento para que ella pudiera comunicarse conmigo y para que los medios
de prensa pudieran ubicarme. Con respecto a mi sueldo, me dijo que me iba a pagar
$ 700 (setecientos pesos) por mes, y que el pago sería “en negro”.
A
los pocos días de trabajar con la Senadora, producto de la naturaleza y características
de mis funciones, comencé a ir al despacho diariamente, y en las primeras semanas
ya mi horario terminó siendo bastante más amplio que el que la Senadora me había
sugerido al principio. Además, fui tomando algunas otras tareas ajenas a la función
que en un principio habíamos convenido con la senadora, colaborando de esta manera
con otros compañeros de trabajo en distintos temas y respondiendo a los pedidos
de la doctora Conti. Entre
otras cosas, fui el autor del proyecto de ley de despenalización de la tenencia
de drogas para consumo personal (articulado y fundamentos íntegros) presentado
por la doctora Conti, proyecto que fue uno de los dos ejes principales del trabajo
legislativo de la senadora durante el año 2004. Por ese proyecto de mi autoría
la senadora tuvo una amplia exposición en los medios masivos de comunicación,
y yo redacté todas las notas de opinión que salieron publicadas en la prensa escrita
con su firma. También como jefe de prensa me ocupé de conseguir reportajes de
la senadora en diferentes medios por ese tema. Además, por este proyecto la senadora
fue invitada a diversos congresos y foros como expositora. Respecto
del otro eje principal de trabajo de la senadora durante 2004, el proyecto de
ley nacional de unión civil, yo fui el responsable dentro de su equipo de la relación
y la coordinación del trabajo con la Comunidad Homosexual Argentina. Acordamos
con la CHA que la senadora fuera la firmante del proyecto de ley nacional de unión
civil que fue elaborado por la doctora Graciela Medina a pedido de dicha institución.
En el mes de noviembre, fui responsable junto con el secretario de la CHA, Marcelo
Suntheim, de la organización de la presentación del libro “Adopción, la caída
del prejuicio”, realizado en el salón Azul del Senado de la Nación, al que concurrieron
más de seiscientas personas que aplaudieron el discurso que pronunció la senadora,
que yo había redactado íntegramente. Mi trabajo en la organización de ese evento
me valió la felicitación pública de autoridades de la CHA en el mismo, y la posterior
felicitación de la senadora. Además
de ello, participé activamente de muchísimas otras actividades propias y ajenas
a mi función de “Jefe de Prensa”, para lo cual necesité trabajar todos los días
en un amplio horario. Por ejemplo, representé a la senadora en la Mesa de Diálogo
Político de la Provincia de Buenos Aires, por lo que debía concurrir semanalmente
a reuniones en la sede de la gobernación, en la ciudad de La Plata.
En
todo momento la Senadora me transmitió su absoluta satisfacción con mi trabajo
y nunca puso en evidencia motivo alguno de disconformidad por fuera de los hechos
que en esta acción pretendo probar.
En el mes de agosto o septiembre de 2004, Diana Conti me dijo que iba a
registrar mi relación laboral, sin dar ningún tipo de detalle en cuanto a mi remuneración,
con las siguientes palabras: “Te quiero avisar que te voy a nombrar en blanco,
así que va a haber un cambio en tu sueldo, para bien”. Me indicó que hablara con
Pablo Iglesias o Federico López que eran los que se encargaban de la parte administrativa
del despacho, para que me explicaran los trámites que tenía que hacer.
Luego de realizar los correspondientes trámites, en la Dirección de Personal
del Honorable Senado me notificaron que mi designación sería a partir del 1º de
septiembre, con la categoría A-3, y que cobraría la suma de $ 1.810 (pesos mil
ochocientos diez). Debí firmar un acta en la dirección de Personal del H.S.N.
donde constaba la cifra de mi remuneración en bruto, la que haciéndole los descuentos
correspondientes (obra social, aportes jubilatorios, etc) daba esa cifra.
En el mes de noviembre llegaron los recibos de sueldo a la oficina. Pablo
Iglesias me hizo entrega de mi recibo para que lo firmara de conformidad. En dicho
recibo, número de orden 2543, constaba que debía percibir la suma de $ 5.429 (pesos
cinco mil cuatrocientos veintinueve), correspondientes a los meses de septiembre,
octubre y noviembre, liquidados en forma conjunta. Al
enterarme del monto total que iba a cobrar, comencé a planificar el pago de deudas
contraídas durante el periodo en que estuve desempleado y la solución de problemas
personales que arrastraba de esos seis meses en los que estuve sin trabajo. Entre
otras cosas, me comuniqué con el Banco Credicoop a fin de saldar una deuda que
tenía por una tarjeta de crédito Cabal. Me atendió si mal no recuerdo una mujer
de nombre Marcela, quien me informó que sin calcular intereses la deuda era de
$ 750 (pesos setecientos cincuenta) y que si pagaba la totalidad en efectivo en
un solo pago, teniendo en cuenta que le informé que iba a cobrar un retroactivo
que me permitiría hacerlo, no me cobrarían intereses. También avisé a amigos a
los que les debía dinero que les iba a pagar, y le ofrecí a otro (Emiliano Ramirez)
que estaba en graves problemas económicos prestarle entre 1.000 y 2.000 pesos.
Por
otra parte, y teniendo en cuenta que a partir de entonces comenzaría a cobrar
$ 1.800 (pesos mil ochocientos) al mes, comencé a averiguar precios de departamentos
en alquiler para irme a vivir solo; empecé a prepararme para rendir un examen
que tengo pendiente en la facultad ya que con ese sueldo podría pagar nuevamente
las cuotas del lugar donde estudiaba (Nueva Escuela de Diseño y Comunicación)
y había tenido que dejar por falta de dinero para
solventar la carrera; y también empecé a trabajar junto con dos amigos en un proyecto
para armar una revista, para cuyos primeros números pensaba invertir de mi bolsillo
parte de los costos de imprenta. En los primeros días de diciembre, concurro a la oficina y me avisan que
está mi cheque a disposición. Como aún no tenía mi cuenta bancaria abierta, este
primer pago me lo harían mediante un cheque. El cheque, el cual retiré de Tesorería
del Senado, como decía el recibo, era por la suma de $ 5.429 (pesos cinco mil
cuatrocientos veintinueve). Cuando regreso con el cheque viene a mi oficina Federico
López y me dice que debo ir al banco a cobrarlo, retirar de allí $700 (setecientos
pesos) y entregarle el resto a Diana Conti; que Daniel Frabotta, otro de los empleados
del despacho, me va a acompañar. Ante esa orden me quedé helado. No entendía nada.
Daniel me acompañó al Banco Nación, a la sucursal que está cerca del Congreso,
sobre Av. Callao. Prácticamente no hablamos una palabra, y Daniel notó mi preocupación
y asombro por lo que estaba sucediendo.
Fui a la oficina con Daniel y ni bien entré, Diana me llamó. Cuando
entré a su despacho el diálogo fue más o menos así: —Sentate. ¿Cobraste?— preguntó Diana. —Sí, recién vengo del banco. —Bueno, dame la plata. —¿Cómo? ¿La plata que cobré te la tengo que dar? —Sí, dale, apurate. Separás mil pesos y te los quedás. Ese es tu
sueldo a partir de ahora. Todos los meses hacemos lo mismo: cobrás, te quedás
mil pesos y me das el resto para mí. —¿Pero entonces te tengo que dar los otros cuatro mil cuatrocientos?—
volví a preguntarle yo. —Sí, dale, apurate.— me dijo, y mientas yo contaba unas monedas de
un peso que me habían dado en el banco como parte del pago me dice: —no, las monedas
te las podés quedar. Ni bien terminó de guardar el dinero me dijo «Listo» y me miró con
una expresión que me indicaba que ya me podía ir. Cuando estaba saliendo de la oficina, me mira y me pregunta “¿Pasa
algo?”, y yo antes de perder el control y terminar insultándola preferí decirle
que no e irme a mi oficina. Es decir, para que quede claro: de los $5.400 que cobré, que eran
parte de MI SUELDO, a mí me dejó $1.000 y los restantes $4.400 pesos se los quedó
Diana Conti. Salí
de la oficina un rato después y estuve varias horas caminando por la calle pensando
qué hacer. A la noche me encontré con Emiliano, el amigo al que le había prometido
prestarle dinero, y le conté todo. Estaba en ese momento presente también otra
amiga mía, Carolina Fiscardi. En los días siguientes lo hablé con otras personas
cercanas. Lógicamente
no pagué mi deuda con el banco, ni las deudas con mis amigos, ni seguí buscando
departamento para irme a vivir solo, ni me inscribí en la facultad, ni pude concretar
aún el proyecto de la revista, ni le pude prestar dinero a Emiliano, ni ninguna
de las cosas que había pensado hacer con mi sueldo.
En los días siguientes, en la oficina algunas personas notaron que me pasaba
algo. Lidia Pichione, una asesora de Diana, me insistió que le contara qué pasaba,
y le dije que era un problema personal, de mi casa, que no tenía nada que ver
con la oficina. Con
Daniel y Federico un día salimos juntos de la oficina y les dije la verdad, y
les conté todo lo que había pasado. Luego fui a un maxiquiosco cerca del Congreso
con Daniel Frabotta y nos quedamos en su interior (que tiene una especie de bar)
hasta cerca de las tres de la mañana conversando sobre el tema y yo le dije lo
mal que me sentía por lo que Diana Conti me había hecho. Desde
ese momento la relación con la Senadora, que hasta entonces era muy buena, pasó
a ser distante. Sin embargo, yo continué con mi trabajo como hasta ese momento,
con la misma dedicación y esfuerzo de siempre. Unas
semanas después, se liquidaron los aguinaldos y llegaron a la oficina los recibos.
Como mi designación era a partir del 1º de septiembre, me correspondía un proporcional,
que según mi recibo de haberes ascendía a $605 (pesos seiscientos cinco).
Quizás
porque aún no había terminado de asimilar lo que había pasado con el sueldo, ni
se me pasó por la cabeza la posibilidad de que la Senadora me sacara también parte
del aguinaldo. El
día que depositaron el aguinaldo, Pablo Iglesias me informa que tenía que ir al
Banco Nación, a la sucursal de Luis Sáenz Peña, a retirar mi tarjeta Maestro y
cobrar el aguinaldo por ventanilla. Fui al banco, retiré la tarjeta, y extraje
por ventanilla si mal no recuerdo $200 (pesos doscientos). Cuando
vuelvo a la oficina, Pablo me dice que tengo que darle $400 (pesos cuatrocientos)
“para Diana”. Otra
vez me agarró por sorpresa. Me enojé, y le dije, que no se los pensaba dar. Me
dijo que si no se los daba Diana se iba a enojar conmigo, y me iba a dejar sin
trabajo. “Te va a echar a la mierda si no nos das la guita”, me dijo. La conversación
fue en una parte de la oficina que está abierta, así que los demás presentes podían
escuchar. Le
contesté que esta situación era totalmente injusta, que tanto el dinero anterior
como éste era de mi propiedad y que no pensaba dárselo. En
ese momento intervino en la conversación Federico López, que estaba en la otra
parte de la oficina pero había escuchado todo, y lo llamó a Pablo para decirle
que se estaba equivocando, que no eran cuatrocientos lo que le tenía que dar.
“Diana le dejó mil pesos del sueldo, y él está cobrando un proporcional del aguinaldo,
de 605 pesos. Si hacés la relación de acuerdo a lo que le deja del sueldo, lo
que corresponde que ponga del aguinaldo es menos”, le dijo, y calculó que lo que
tenía que darle a Diana eran algo más de doscientos o trescientos pesos, y que
el resto era para mí. Todos
esos cálculos sobre mi dinero me enojaron más y entonces me paré, agarré mis cosas,
saludé a todos y me fui. Al
siguiente día laboral, cuando llegué a la oficina me llamó Federico para hablar
conmigo. Tuve una conversación a solas con él en la que le conté cómo me sentía
y le dije que necesitaba el trabajo y por eso le iba a dar la plata, pero que
me sentía totalmente humillado por la situación que me estaba haciendo pasar Diana
Conti. Le dije que no renunciaba porque necesitaba el trabajo, pero que esta situación
era inédita para mí y no podía soportarla. Federico me dijo que si Diana se enteraba
que no le había dado la plata a Pablo iba a tener serios problemas y me aseguró
que él personalmente no se lo diría: “le voy a decir que el otro día aún no habías
podido cobrar, pero espero que nadie le cuente lo que pasó, por tu bien”. Le dí
el dinero a Federico y él me aconsejó que hablara yo con la Senadora si esta situación
me ponía tan mal. Tuve
pocas oportunidades de hablar con la Senadora porque se acercaba fin de año y
por lo tanto se estaba haciendo todo lo que no se podría hacer después del 31
de diciembre, y además porque Diana Conti me trataba con una enorme distancia
y frialdad, no me daba espacio para hablar. De hecho en la última sesión del año
se votaba un proyecto suyo modificando la ley antidiscriminatoria sobre el que
yo había tenido que hacerle un informe de las reuniones mantenidas con las organizaciones
que lo promovían, docentes de la UBA que dictaminaron y autoridades de la Comisión
parlamentaria, pero no pude reunirme con ella porque no me atendió y le hice llegar
el informe escrito por otra persona del despacho. Antes
de todos estos acontecimientos, mi relación con ella había llegado a ser muy buena
en poco tiempo. Ella estaba muy conforme con mi trabajo y me lo hacía notar. Además,
me trataba con mucha confianza y aprecio. Hasta el día de mi despido la Senadora
jamás me reprochó que yo hiciera mal mi trabajo, que no cumpliera sus expectativas,
que no actuara con responsabilidad o que hubiese cometido errores de gravedad
o desobedecido o malinterpretado sus indicaciones. No parecía, reitero,
hasta el día de mi despido que existiera razón alguna para que yo fuera
despedido, salvo los hechos que se relatan en presente querella. El
último día de trabajo, la Senadora organizó una cena de fin de año, y nos comunicó
que el despacho estaría cerrado durante el mes de enero. Esa cena no era el momento
para manifestarle nuevamente mi disconformidad por lo sucedido con mi aguinaldo.
Unos
días después la llamé al celular para pedirle que quería hablar a solas con ella.
Me contestó, cortante, que ella no estaba trabajando y que no tenía ganas de hablar
de nada, que después de las vacaciones hablaríamos. Durante
el mes de enero yo no tenía posibilidades de tomarme vacaciones, porque como ella
me había extraído casi todo lo que había cobrado de sueldo y la mitad del aguinaldo,
no me quedaba resto para irme a ningún lado. El
sueldo, por un error administrativo del Senado, no me lo depositaron en fecha.
Me comuniqué con Pablo y con Daniel, luego hablé con personal del Senado, y finalmente
me extendieron un cheque por $1810 (pesos mil ochocientos diez) de los cuales
extraje por ventanilla del Banco Nación $100 (pesos cien) y deposité el resto
en mi cuenta. Esto fue el 7 de enero. Avisé
a Pablo que había cobrado, sin hacerle referencia a la exigencia monetaria mensual
de la Senadora. Él no me dijo esta vez nada acerca de darle dinero. Supuse que
Conti habría decidido luego de mi reacción la última vez, no pedírmelo más. O
bien que me lo pediría luego ella personalmente. En tal caso hablaríamos del tema.
Cerca de fin de mes, me ofrecieron un trabajo de diseño gráfico (siempre
realizo esos trabajos free-lance) para hacer en esos días, a cambio de los pasajes
ida y vuelta y la estadía en el hotel para participar del Foro Social Mundial
2005 que se realizaría en la ciudad de Porto Alegre, Brasil. Me comuniqué entonces
con Pablo y luego con Daniel, por e-mail, para avisarles que me iba de viaje,
y pedirles que si podían ubicarla a Diana Conti le consultaran si, luego del 31
de enero, podía quedarme una semana o diez días más. Recuerdo que estando ya en
Porto Alegre, me comuniqué con Daniel mediante el programa de mensajería instantánea
de Microsoft (MSN Messenger) en varias oportunidades, para pedirle que le consultara
a Diana si podía quedarme más tiempo de vacaciones, ya que tenía esta posibilidad
de viajar a Cabo Frío, a la casa de la tía de un amigo personal (brasilero, residente
en Buenos Aires) que estaba allí de vacaciones. Era una posibilidad de tomarme
vacaciones allí sin gastos de hotel porque estaría en una casa de familia. Le
dije que le consulte y le diga de mi parte que luego cuando volviera recuperaría
los días perdidos con un mayor horario o como ella me pidiera. Daniel me contestó
que me quedara tranquilo, que Diana decía que no había problemas. Le dije entonces
que me mantendría comunicado y que ante cualquier circunstancia por la que fuera
necesario que regresara con urgencia, me avisaran vía mail y yo regresaba en el
acto. Durante
el tiempo que estuve en Brasil, hasta el 14 de febrero cuando tomé el micro de
regreso a Buenos Aires, me comunicaba con la oficina día por medio mediante el
mensajero de Microsoft. Casi siempre con el que hablaba era con Daniel, y siempre
le insistía con que consultara a Diana si era necesario que vuelva, y él siempre
me contestaba que me quede tranquilo, que “acá no pasa nada” y que dice Diana
que está todo bien. El
16 de febrero a las 7.30 llegué a Buenos Aires y
alrededor del mediodía regresé a la oficina. Al llegar, Daniel me comentó
que había viajado al sur del país y que Federico había estado en Bariloche, y
que también se había tomado casi el mismo periodo de vacaciones que yo. Ese día
estaba decidido a hablar con la Senadora sobre el lamentable hecho ocurrido en
diciembre. Pero no tuve oportunidad de decirle nada, ya que la Senadora salió
de su despacho, me miró con indiferencia y me dijo “Hola, te dí de baja, no tenés
más trabajo”. Sólo dijo eso friamente y se metió en su oficina. Pensé
que me estaba haciendo una broma. Intenté hablar con ella y no quiso. Me dijo
que el haberme despedido era algo que la “afectaba emocionalmente” y que no quería
por lo tanto pasar un mal momento hablándolo conmigo. Intenté que me explicara
por qué y me dijo que era porque yo me había tomado más días de vacaciones que
los que ella me había dado. Le dije que eso no era así, que ella me había autorizado
y que yo me comunicaba día por medio con la oficina para preguntar si tenía que
volver, y le pedí por favor que lo reconsiderara ya que necesitaba el trabajo.
Me contestó que no le importaba si me había autorizado o no, y que su última palabra
era que no tenía nada que hablar conmigo y que “ya puse a otra persona en tu lugar”.
Inmediatamente
entendí los motivos por los que me había quedado sin trabajo: por manifestar mi
desacuerdo con que la senadora me extrajera mensualmente un porcentaje de mi sueldo.
Era evidente que no aceptar “las reglas de juego” me había hecho perder la confianza
de la senadora. Me dirigí a donde estaba Daniel para pedirle explicaciones y preguntarle
por qué no me había dicho nada, por qué cuando yo le preguntaba desde Brasil me
decía que Diana decía que me tomara los días que necesitara que estaba todo bien
y que “acá no pasa nada”. Me contestó que él me respondía lo que Diana decía,
que él no tenía idea de que Diana ya me había despedido mientras yo aún estaba
de viaje, y que se enteró en los días previos a mi regreso y no quiso decirme
nada para no arruinarme los últimos días de mis vacaciones y el viaje de regreso.
Me dijo que él se sentía muy mal y que al principio se había sentido culpable
por la situación pero que tanto Federico como Pablo le habían explicado que lo
de las vacaciones era una excusa pero que ella me echaba por otros motivos y ya
lo tenía decidido desde antes. Que nada que yo hubiera hecho lo habría impedido
y que Diana era así. Le pregunté cuál era el motivo y me dijo “y… yo creo que
… está lo del sueldo”. Salí
de ahí, fui a saludar a Federico y cuando me estaba yendo me dijo que él estaba
absolutamente seguro de que mi despido era algo que Diana ya tenía decidido, que
lo de las vacaciones fue la excusa perfecta: “cuando pediste más días le vino
perfecto para tener una excusa”… y me repitió que él pensaba que el tema “de la
plata” había sido importante.
Por último, y como la Senadora no quiso hablar conmigo le escribí un email
diciéndole que yo sabía que me echaba por ese motivo. Nunca me respondió.
Con
posterioridad a estos hechos, intenté convencer en buenos términos a la senadora
que me devolviera el dinero que me había robado. En una oportunidad lo conversé
con Federico López en el café “Grace”, ubicado en la misma cuadra de la oficina,
sobre H. Yrigoyen, y luego le hice llegar ese pedido por e-mail a Conti. Nunca
quiso responderme ni aceptó tener una conversación conmigo. Luego
la senadora cambió en un memo la fecha de mi baja, haciéndola retroactiva, por
lo cual el Senado no me abonó la liquidación final y me exigió por telegrama la
devolución de parte del dinero percibido en concepto de bonificación no retributiva
del mes de febrero. También
luego me enteré que antes de despedirme, todo mientras yo estaba de vacaciones,
la senadora me bajó la categoría de la A-3 a la A-6, de modo tal que al hacerme
la liquidación final la calcularían
sobre un sueldo inferior. Cuando en los primeros días de febrero busqué en el
sitio web del Banco Nación el depósito de mi sueldo, estando en Brasil, me encontré
con que sólo que habían depositado $600, en vez de $1.800. Me comuniqué con la
oficina y Daniel, luego de consultar con Pablo, me dijo que me quedara tranquilo,
que era un problema administrativo, que “no pasa nada” y que “cuando vuelvas de
tus vacaciones te explicamos”. La verdad era que me estaban aplicando retroactivamente
un descuento por el cambio de categoría. Luego de eso, la senadora hizo el despido
retroactivo al 31 de enero, motivo por el cual el H.S.N. me termina mandando un
telegrama donde me exige la devolución de $150 de mi último cobro.
Hasta
ese momento, había dudado si realizar la denuncia porque sabía que corría un riesgo
al denunciar a una persona poderosa, con un cargo institucional importante. Muchos
amigos me dijeron que tenga cuidado. Sin embargo, luego de meditarlo y también
asqueado ante todo lo sucedido, decidí como primer paso presentar una denuncia
administrativa por escrito en el H. Senado de la Nación. Por esta denuncia, se
ha abierto un expediente interno (sumario), Expte. Adm. SA-973/05. El día 12/05/2005
fui citado a declarar por la instructora del sumario, Dra. Carolina Martínez Garbino,
Subdirectora de Sumarios, Dirección Gral. de Asuntos Jurídicos del H.S.N. En mi
declaración ratifiqué la denuncia.
III. CONFIGURACION DELICTUAL.
Como bien es sabido por la doctrina y la jurisprudencia, la esencia misma
de la extorsión reside en que el extorsionador emplea una coacción moral contra
la víctima para obtener de ella, en forma ilícita, un beneficio patrimonial. En
este caso, la Senadora empleó la nombrada coacción moral contra mi persona al
exigirme la entrega del dinero, correspondiente a mi salario, en forma intempestiva,
imperativa, y aprovechándose también
de mi extrema necesidad de trabajar para poder mantener mi hogar y cubrir mis
necesidades básicas, así como de la desigualdad de poder en los términos de la
relación laboral que nos unía y por el cargo institucional que ella ocupa. Es
evidente, luego de los relatos descriptos ut supra, que tuve una voluntad contraria
a la exigencia de la Senadora, la cual manifesté e hice pública dentro del despacho,
lo cual ocasionó mi despido. En este sentido, es dable destacar lo que expresa
Moinario en cuanto a que este delito consiste en la obtención injusta de un beneficio
pecuniario en perjuicio de la víctima y mediante la coacción moral que se ejerce
sobre la voluntad de esta última (Molinario, A.J., Derecho Penal; clases del curso
de 1935 compiladas por Roberto Albarracín, 1937, pag. 86). Otros autores se han referido a este tipo de delito.
Así González Roura manifestó que “La extorsión consiste en procurarse indebidamente
una ventaja patrimonial, con perjuicio de otro; colocando a la víctima ante un
dilema, uno de cuyos términos es el perjuicio patrimonial que ella o un tercero
ha de sufrir y el otro, el daño que, en caso contrario, a ella o a una persona
de su familia, ha de deparársele” (González Roura, Derecho Penal, T III, pág.
236). Carrara, por su parte, ha dicho que “La extorsión se produce cuando el ladrón,
en vez de tomarla por sí obliga al poseedor a darle la cosa”.
IV. PETITORIO.
Por todo lo expuesto a V.S. solicito: 1) Me tenga por presentado el legal forma, por parte
querellante y por constituido el domicilio en el lugar precedentemente indicado;
y 2) Ordene
la ratificación de la presente querella y, previo requerimiento fiscal, disponga
la instrucción del correspondiente sumario. 3)
Se convoque a la querellada a prestar declaración indagatoria (art. 294 del Cod.
Procesal).. Tenga V.S. lo expuesto y provea de conformidad, que
SERA JUSTICIA |